jueves, 28 de octubre de 2010

ÉRASE UNA VEZ

_________________________Los primeros años


Miguel nace al mundo y el mundo nace para él en la ciudad de México, D.F., el 20 de Febrero de 1946. Ese día advierte por vez primera que es un ser humano y que como tal está dotado de sentidos, de instintos y de alma. De sentidos porque el mundo al  cual ahora pertenece le ofrece un extraño, novedoso y multicolor panorama. Las pequeñas pupilas, a pesar del molesto proceso que implica el tener que adaptarse a la luz, le permiten visualizar sus primeras no muy claras impresiones. Sus oídos, aún sin poderlos identificar, le llevan a su mente extraños y meliodosos sonidos. Más tarde sabría que se encontraba en un quirófano y que aquellos sonidos no eran otra cosa que las voces del Doctor que había asistido a su madre en el alumbramiento, de la enfermera y la más importante, la voz de su mamacita; la cuál todavía con los efectos de la anestesia, lo saludaba y le daba amorosamente la bienvenida. Por vez primera su olfato le muestra una gama de olores que si bien no le son agradables y le molestan, los acepta, porque algo en su interior le dice que son parte de su nuevo mundo y que a partir de ese momento tendrá que empezar a reconocerlos. Su piel le comunica una agradable sensación. Lo están aseando con tal cuidado que podríamos decir, casi no extraña el seno materno. Más tarde, cuando su madre le de por vez primera de comer, se daría cuenta que también está dotado para reconocer los sabores. De instintos porque algo en su interior le advierte que en ese momento ya no cuenta con la seguridad que le brindaba el vientre materno y lo confirma cuando sin ninguna advertencia le dan una fuerte y sonora nalgada de tal manera que por vez primera conoce el dolor y sabe que puede llorar y que es capaz de generar sonidos: su llanto que demanda protección llena el espacio del quirófano. Sin embargo, algo lo llena de alegría. Está respirando, sus pulmones se han expandido y llenado de aire, el aliento de vida se ha manifestado en plenitud en su propia existencia. Miguel ha nacido al mundo. En Miguel se ha cumplido el designio del Dios Creador. Es el  fruto del amor que sus padres se juraron ante el altar aquel 9 de Mayo de 1945, cuando en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, contrajeron matrimonio y ante Dios unieron sus vidas para siempre.

El momento para Miguel es importante. Las sorpresas se acumulan una a otra con tal velocidad que le es casi imposible asimilarlas. Ignora que le faltaba todavía lo más importante: conocer a sus padres. Aquellos seres que sin tomarlo en cuenta le habían dado la existencia. Aquella pareja que con tanta ilusión lo estaba esperando. Aquellos padres que sin conocerlo lo habían deseado y sobre todo, que lo amaban entrañablemente desde el momento en que meses atrás, la medicina les había confirmado lo que la sintomatología les había anunciado. El encuentro fue por demás bellísimo. Su madre, que por cierto se llama Lilly, lo colmó de besos y en un cuadro digno del mejor de los pintores se fundieron en un abrazo que significaría para Miguel, -sin importar que su memoria no tenga ese registro -, el momento más inolvidable de su vida. Su padre, Ingeniero de profesión y a quien le debe llamarse Miguel, ya que ese es también su nombre, lo conoció a través de una vitrina, -a través de esas tiernas e infranqueables murallas transparentes que separan a los recién nacidos del resto del mundo y que en toda sección de cuna existen en los hospitales-, pero que paradójicamente pareciera que no existieran ya que el encuentro es de tal manera tan íntimo, que años después su padre le platicaría a Miguel lo indescriptible, -espiritualmente hablando-, que le resultó la experiencia. Esto me consta porque cuando nació la tercera de mis hijas y que también la conocí a través de un cristal, no tuve necesidad de que me la señalaran para reconocerla y algo en mi interior me dice que ella tampoco, porque aún recuerdo a sus ojazos mirándome con la ternura que sólo un hijo puede expresarle a su padre.

Volviendo a aquellas primeras experiencias, Llegó el momento de comer. Para Miguel debió ser increíble. Por vez primera se alimentaría de una manera que le exigiría su primer esfuerzo personal ya que tendría que succionar del pecho de su madre. Hasta momentos antes, ella le dio la vida en su vientre. Se alimentó a través del cordón umbilical. Ahora sabría que –como mencioné anteriormente- también es capaz de distinguir los sabores. ¡Que experiencia! Su madre lo seguiría alimentando pero esta vez a través de sus senos maternos que se le habían desarrollado con ese propósito. No me cabe la menor duda de que la madre es verdaderamente el santuario de la vida.

Así inició Miguel la experiencia del existir. No se imaginaba todo lo que le deparaba el destino pero si sabía que estaba vivo. Eso era más que suficiente.

Años más tarde estos recuerdos y otros más, le darían la pauta para reconocer la diferencia entre los dos sentimientos que de alguna manera gobernaron su vida: los sentimientos que provienen de los halagos y reconocimientos del mundo y aquellos que tienen su fundamento en la propia realización. Los sentimientos que sintió cuando tuvo poder, cuando siendo el jefe  la gente lo respetaba y acataba sus órdenes, cuando era una persona popular y admirada y, los sentimientos de intimidad y compañerismo, que proporcionan la verdadera felicidad.

Su estancia de tres días en aquel vetusto hospital de la calle de José María Iglesias Nº 22, le fue de lo más placentera. Las enfermeras, cuenta su madre, atraídas por su barba partida le prodigaron toda su atención, y los familiares y amigos que lo visitaron para conocerlo lo colmaron de obsequios: sus primeros guantes de box y su primera medallita, ambos obsequios de su papá, su primera chambrita, su primera sonaja, su primera camisita, su primer trajecito, zapatitos y su primer álbum, en el que está, todavía a pesar de tantos años, su primera fotografía que le tomó su tío y que meses más tarde sería su padrino de confirmación. ¿Que más se le podía pedir a la vida?

LA PAZ

En un momento de mi existencia, la paz, en términos generales, representó para mí un estado de ánimo que ansiaba desesperadamente, no sabía cómo resolver el conflicto que me generaba el hecho de estar en desacuerdo con todos aquellos que por costumbre me señalaban mi incorrecta manera de pensar, actuar y de vivir. Miguel, era de las personas con las que no se podía discutir porque no aceptaba nada que se opusiera a sus propios juicios. No se daba cuenta que lo que quería escuchar era una validación de sus conceptos, no otra cosa. Ignoraba que al pretender el dominio sobre los demás se alejaba de la posibilidad de realizar gestos valientes de paz y de concordia.

Cuanta verdad existe en las bienaventuranzas que nos indican el diálogo como aceptación del otro y, consecuentemente como contestación y réplica al prepotente, al violento, al opresor.

Recuerdo con cuanta dificultad se fue realizando el cambio, me di cuenta que lo primero que tendría que hacer, era detenerme en el discurso y pensar un poco en algunos cuestionamientos que debería hacerme: ¿Soy capaz de dar los pasos necesarios para avanzar con acciones concretas, progresivas, por la vía de la paz? ¿Seré capaz de verdad de esta coherencia? Obviamente que el desafío era inmenso, pero necesario.

Así fue, como por vez primera en muchos años tomé una decisión cuerda y sensata que me permitió salvar mi vida y reintegrarme a la sociedad a la cual años atrás había despreciado.

Hoy recuerdo aquellos días, fueron difíciles, por no decir incómodos y verdaderamente molestos. A mucha distancia en el tiempo ubico el momento en el que plenamente convencido, habiendo dejado de luchar conmigo mismo, con los demás y con Dios, reconocería que necesitaba ayuda para rescatarme a si mismo del fondo al que mi propia existencia había descendido y del que sólo, con mis minados recursos espirituales jamás saldría.

Tengo muy presente una reflexión de San Juan Crisóstomo y otra de San Agustín y que en su momento iluminaron mi proceso de conversión:

“El hombre cuando se aleja de Dios, vive de sus reservas espirituales, cuando estas se agotan, termina viviendo de la mentira”.

“Aquel que te creó sin ti, no te podrá salvar sin ti”

lunes, 25 de octubre de 2010

EL AMOR GENEROSO

¿Cuantas veces hemos asistido a una boda? ¿Cuántas veces nos hemos cuestionado sobre lo disonante que suenan las palabras “en lo adverso” del rito sacramental? ¿Cuantas veces estas palabras nos parecen fuera de lugar, sobre todo en un momento en el que todo es alegría, felicitaciones, abrazos y sonrisas? Hasta nos parecen de mal gusto, Sin embargo, analizando esas palabras, descubrimos toda una visión del matrimonio y del amor.

¿Qué clase de amor es el que me hace decir a una persona “yo te amaré incluso en la adversidad”? porque decir “yo te amaré mientras estés joven con salud, bonita, mientras me encuentro bien contigo, etcétera” no tiene nada de extraño, pero “en la adversidad” si lo tiene. Supongo que a los que estamos casados no nos es desconocido lo que la adversidad en el matrimonio puede llegar a ser. Conocemos además los sufrimientos reales de otros matrimonios y lo que la ciencia ha descubierto en cuanto a las deficiencias y enfermedades psíquicas que, en algunos casos, hacen difíciles e incluso imposibles unas verdaderas relaciones humanas: elecciones motivadas por razones torcidas, el miedo al compromiso, el afán de dominio, la inmadurez, el egoísmo.

Es un hecho que existe hoy una crisis general de la verdad y sus conceptos y esta crisis afecta especialmente el concepto del amor; concepción que supone en profundidad una visión de la dimensión de la persona humana que es algo más que su realidad física y psicológica. Hoy día, existen algunas tendencias y cierta literatura que han divulgado ideas sobre la imposibilidad del ideal de amar a una persona para siempre. Pienso en libros como Mujeres que aman demasiado, de Robin Norwood, y que comienza con esta frase “Cuando el estar enamorado supone vivir en el dolor, entonces se está amando demasiado”. Desde luego hay que interpretar esta frase en todo el contexto del libro, pero, por sí sola, nos da una idea de cómo se piensa sobre el tema.

Ahora bien, si el matrimonio se basa sobre una idea falsa de lo que es el amor, no subsistirá, porque una vez construido sobre información falsa, es decir, sin cimientos, de nada servirá querer reconstruirlo cuando no funcione, ya que está mal desde su raíz y por lo mismo, no podrá resistir las implicaciones de esos terrenos en los que el hombre y la mujer, juntos, nacen y deben crecer en la generosidad y en el olvido de si mismos. El amor del matrimonio debe ser capaz de proyectarse más allá de todas las circunstancias, incluyendo la adversidad, siempre y cuando sea un amor al otro en cuanto persona y esta es la esplendorosa idea del amor capaz de fundar un matrimonio: Quiero el Bien Absoluto para el ser amado.

De este concepto hay una magnífica explicación en el libro Amor y Responsabilidad, que vale la pena resumir aquí. En esa obra, K. Wojtyla, el Papa Juan Pablo II, hace un análisis del amor. Dice que es una palabra equívoca y que significa muchas cosas: desde el deseo, hasta el amor complaciente, pasando por la atracción, lo sentimental, el amor de concupiscencia y la simpatía afectiva.

a)                      El amor del matrimonio tiene que tender a ser un amor de benevolencia.

Es decir, el amor a la persona por si misma y no por interés propio. No es suficiente desear a la persona como un bien para mí; es necesario además, y sobre todo, querer su bien, y, aunque el amor del hombre y de la mujer no puede dejar de ser un amor de concupiscencia (interesado en su propio placer), ha de tender continuamente y en todas las manifestaciones de la vida común a convertirse en una profunda benevolencia. Si en el origen de la relación no hay más que el placer o el provecho, dicha relación sólo durará mientras cada cual vea en el otro un objeto de placer y provecho propio. Apenas dejen de serlo, la razón de su “amor” desaparecerá. No puede durar si no es más que la combinación de dos egoísmos.

b) No basta en el amor la simpatía afectiva, el amor “romántico”, es necesario el amor de la “voluntad”

A pesar de lo hermoso que resulta este sentimiento y lo que aporta de calor a la relación, debemos decir que no es suficiente, porque el acento sigue cayendo sobre el propio estado subjetivo «me siento bien en la presencia de esa persona» y hace falta el compromiso de la voluntad y la libertad por las cuales se decide querer el bien para la persona amada. La debilidad de la simpatía afectiva, continua comentando el Papa, proviene de esta falta de objetividad. El amor total no se limita a la simpatía así como la vida interior de la persona no se reduce a la emoción ni al sentimiento.

La simpatía afectiva puede parecerse mucho al amor de benevolencia, pero esconde una buena dosis de ilusión porque se funda, todavía sobre la emoción. Esto se ve muchas veces en las tergiversaciones de las que es capaz, siempre en beneficio de sí misma. Por causa de esta semejanza con el amor, se cometen muchos errores entre los cuales está el fundar en la simpatía una relación como es el matrimonio. Otro error es el de creer que desde el momento en que termina la simpatía el amor también se acaba. Esta opción, bastante dañosa para el amor humano, denota una laguna en la educación del amor, pues el amor no es solamente algo que «se da espontáneamente», que «nace», sino que también es necesitado de una continua construcción e integración de todas las fuerzas que lo componen. Para entender estas ideas, cita el Papa, basta observar la relación de ciertas personas que se “enamoran” incluso cuando tales enamoramientos son ilícitos e inconvenientes.

¿Por qué hablar tanto del amor de la voluntad? No es para despreciar el aspecto afectuoso y sensible del amor, sino para señalar la verdadera plenitud a la que está llamado. ¡Se trata de amar más y mejor!

Ahora vamos a comentar las mismas ideas pero desde otro ángulo, vamos a expresar lo mismo usando el término “felicidad” que es otra palabra para expresar el bien, es decir, desear el bien es desear felicidad y, para tal efecto, haremos esta reflexión, imaginándonos como si un novio o novia la estuviera diciendo: “Cuando me preguntan por qué me caso contigo, lo primero que me viene a los labios es «porque quiero hacerte feliz». Pero, en seguida reflexiono más en profundidad y me surge la pregunta: «¿Qué significa hacer feliz a una persona?». En el caso nuestro «¿Cuál es la felicidad que te prometo y para cuya consecución me comprometo toda la vida?» porque yo se que hay felicidad y felicidades, un vestido nuevo, un viaje, los hijos, nuestra vida conyugal…, sin embargo también se que estas felicidades nunca te harán feliz totalmente, definitivamente. Hay algo en ti que no se llena con todo lo creado, finito, limitado, temporal. Es la felicidad completa la que quiero para ti, No deseo buscar que estés bien, quiero para ti el Bien. Esta es mi meta: Prometo hacerte feliz, no sólo con las felicidades pasajeras y necesariamente limitadas de todos los días, sino que quiero alcanzarte la Felicidad con mayúscula y para lograrlo he decidido a acompañarte en el camino y en la búsqueda de esa felicidad que nada ni nadie te podrá quitar.

Si la pareja se ama así, con esa profundidad, tendrá fuerzas para superar todas las dificultades. La pareja que tiene una meta, un objetivo suficientemente grande como para justificar los sacrificios del camino, encontrará razones para ser generosa y podrá alcanzar su plenitud también, pues no hay mayor realización en la vida de una pareja que amarse de esa manera.

Hasta aquí, hemos planteado algunos aspectos fundamentales sobre el amor en el matrimonio, ahora veamos algunas aplicaciones que pueden ayudar a la pareja en su crecimiento personal.

a)       Los esposos deben santificarse con su amor.

Si bien es cierto el amar santifica a la persona que ama, el amar también santifica a la persona amada, ya que por el hecho de estar unidos a Cristo en el sacramento, los esposos son instrumentos de gracia y santificación mutua; son los embajadores del amor de Cristo el uno para el otro, en otras palabras podríamos decirlo así: «con mi amor por ti, me toca hacer presente el amor que Dios te tiene. Mi amor por ti hace “visible” ese amor divino»

b) Sé fiel en la dificultad a lo que has visto en la luz.

Ser fiel es una de las notas que embellecen el amor del matrimonio y la visión cristiana de dicho amor abre una perspectiva nueva para entender esta fidelidad hasta la muerte ya que Cristo da por supuesto que hablamos con sinceridad y toma infinitamente en serio nuestra decisión, nuestra libertad y por ser quien nos ha hecho capaz de entregarnos; Él nos avala y nos sostiene. Sin embargo, la pareja debe cuidar los afectos del corazón ya que no por el hecho de estar sacramentalmente casados se elimina la posibilidad de sentir un afecto inconveniente. La falta no está en sentir sino en consentir esos afectos.

c) Cuidar los elementos humanos del amor

Cuando tocamos este punto con algunas parejas, descubrimos que una de las razones por la cual están en crisis en su matrimonio es porque se han descuidado en la tarea de cuidar todos los elementos humanos del amor, se encontraban ignorantes en un hecho indiscutible: lo humano es siempre la base de lo espiritual.
La convivencia, el respeto mutuo, la sexualidad, son elementos del amor humano que forman parte de esa nueva dimensión que es el matrimonio y como tal deben cuidarse con esmero. Aquella pareja que se descuida en esta hermosa tarea estará poniendo en peligro incluso la realidad sobrenatural de su unión.

           d) Hagan lo que Él les diga

En un mundo donde el matrimonio ha sido tan desprestigiado y trivializado y donde los modelos son tan efímeros y pobres, ¡cómo es importante resaltar el matrimonio cristiano en toda su belleza ideal!
Si colocamos el amor de Cristo como modelo y medida en nuestro matrimonio, nos estimularemos a trabajar, a ser fieles, a ser delicados y perseverantes, a encontrar razones para luchar e incluso razones para amar por encima de las adversidades grandes o pequeñas que la vida nos puede traer.

      e)  Vivir en la cercanía de Cristo

A éste propósito dice el Papa que si no estamos con Cristo nunca vamos a entender el amor.
La perseverancia en el amor es, por tanto, un don de Dios. Un don que consiste en una visión de fe que nos hace ver el matrimonio en una dimensión más grande de lo que la visión meramente humana. Además es un don que concede una fuerza especial para llevar esa visión a la práctica.


Muchos parejas me han compartido que se les preparó para todo en la vida menos para casarse y ser padres. Esto es verdad, en parte, sin embargo, más que lamentarse es más útil hacer algo al respecto. Si ya descubrimos que estamos mal preparados, nunca será demasiado tarde para aprender; podemos tomar cursos, leer libros y romper así la inercia en la que se encuentra nuestro matrimonio. Si no estamos todavía casados, estamos entonces en las mejores posibilidades de hacerlo.

Comento esto porque si leímos con atención  todo lo que hemos dicho, habremos descubierto que el matrimonio exige una buena preparación para dar las respuestas correctas que nos plantea esta dimensión humana; es hasta irresponsable pretender darlas intuitivamente.  

En primer lugar los novios se han de preparar para juntos tener una visión verdaderamente cristiana del matrimonio. Vivimos en una sociedad cuya mentalidad es muy laxa al respecto, una sociedad en la que cada quien se forma su propia idea según sus conveniencias, una sociedad en la que los valores de la fidelidad y la indisolubilidad se cotizan muy baratos y, por lo mismo, los novios tienen que madurar estos conceptos y sobre todo, conocer sus implicaciones antes de casarse.

El noviazgo se ha de aprovechar para madurar una relación sólida y que no se diluya en sentimentalismos. En el noviazgo se aprende a manejar constructivamente los pequeños conflictos que van surgiendo en esa relación y algo muy importante, se detectan las posibles causas de estos conflictos.

Viene a mi memoria una regla de oro que ha sido transmitida de generación en generación: “Una vez casados, los problemas no desaparecen, se agravan”, es decir, un problema no resuelto antes del matrimonio es un mal augurio.

Esta regla expresa una realidad severa, una realidad que es muy conveniente tenerla en cuenta y para tal efecto algunas preguntas sencillas pueden darnos luz: ¿podré yo vivir toda la vida con esta situación?¿Hay algún desacuerdo entre nosotros, en nuestras funciones respectivas en la vida matrimonial?¿En nuestros planes?¿En nuestras amistades?¿ En la toma de decisiones en pareja?¿En la manera de demostrar el afecto?¿En la manera de comportarse con personas de otro sexo?¿En el nivel de profundidad de nuestra comunicación?¿En el apoyo emocional que recibo y espero?¿En la intervención de otros (padres, hermanos) en nuestros problemas?¿En las enseñanzas de la Iglesia sobre la moral y la fe?¿En la planificación familiar?¿En la manera de comportarnos con nuestras familias políticas?¿En la actitud y expectativas sobre la vida sexual?¿En la convicción de que nuestro matrimonio sacramental es una alianza para siempre en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad?

Amantísimos todos: Termino aquí estas líneas con la esperanza de haber sido un conducto que sirva para que puedan encontrar alguna luz, tanto para prepararse bien para su vida matrimonial como para vivirla con mayor plenitud. Con la ayuda de Dios así podremos desmentir lo que decía una canción que José José popularizó hace algunos años: “Casi todos sabemos querer pero pocos sabemos amar…el querer pronto puede acabar, el amor no conoce final. Es que todos sabemos querer, pero pocos sabemos amar”, y podamos contestar como aquel hombre anciano que contestó a uno que le preguntó si tuvo que aguantar muchos defectos en su mujer: “Mira, le dijo, mi mujer no tiene defectos; si acaso, algunas erratas de imprenta”.

sábado, 23 de octubre de 2010

PRÓLOGO

Las experiencias que les estaré compartiendo no son una respuesta a las cuestiones dramáticas que plantea la existencia, tampoco son una justificación a Dios por el escándalo de mis desgracias; no, en estas letras lo que pretendo es mostrar a un hombre liberado y pacificado como consecuencia de haber vivido la experiencia de Dios en el despojo y en la gratitud.

Como Job, también exclamo: «Yo te conocía solo de oídas, más ahora te han visto mis ojos».

Cual todo ser humano, nací dotado de instintos, de inteligencia y de sentimientos, y también poseo el don más preciado de todos después de la vida: la libertad. Sin embargo, paradójicamente como consecuencia del mal uso que hice de estos dones, parte de mi vida transcurrió en un ostracismo tal, que terminé preso de mi propia libertad.

Anteriormente yo estaba convencido de que mientras más vivencias acumula una persona más evolucionada y realizada estaría. Hoy he comprendido que una persona se realiza cuando hace un compromiso y a partir de este, selecciona experiencias que honren, promuevan y reafirmen el compromiso.

     En ese culto a acumular vivencias que me urgió a atrapar todo lo que podía en mi paso por la vida, quedé tan fragmentado que solo un milagro pudo volver a reintegrarme.

“Mi más dolorosa y cruel decepción fue que al final me quedé con el mismo vacío que creí haber llenado”.

      De entre la enorme variedad de valores sociales, morales, y porqué no decirlo, también espirituales que se me ofrecieron, no pude darme cuenta con que facilidad debido a esta pluriformidad eludí la metanoia, -ese profundo cambio en el orden de nuestras prioridades que transforma radicalmente nuestras vidas-, escogiendo solo aquellos elementos que corroboraran mis puntos de vista sin detenerme a analizar que lo que siempre necesité no fue una corroboración, sino una conversión, la cual el día de hoy me ha allanado el camino al corazón, y este camino no es otro que el de la experiencia del perdón.

Piet Van Bremen en su libro “ Él nos amó primero ” nos regala el siguiente mensaje: “Aprendiendo a vivir el perdón de Dios, no tardaremos en descubrir que a diario sucumbimos infinidad de veces, pero estas caídas no nos impedirán ser personas totalmente felices”.

Solo quien ha podido acceder a lo más íntimo de su corazón podrá constatar la agonía que el sufrimiento de la culpabilidad puede suponer por un lado, y la alegría que significa vivir cuando por fin se ha liberado de estos sufrimientos.

Del infierno a la gloria, de la oscuridad a la luz, de la muerte a la vida: Esta es la historia.

INTRODUCCIÓN

Esta obra es el compendio de experiencias de un interesantísimo y maravilloso viaje de casi toda una vida hacia mi conversión y en el seno de esta.

En la travesía he tenido la fortuna de conocer de una manera directa o indirecta a personas extraordinarias. Algunas de ellas me han conducido y otras me han acompañado por largos trechos; de algunas recuerdo que tuve que apoyarme en ellas, de otras, la bendición que he tenido al servirles de apoyo, a todas las recuerdo con amor, no olvido que de ellas aprendí que si quiero trascenderme debo empezar por intentar el olvido de mi mismo, pero después de haberme conocido y construido nuevamente, después de haber sido un buen compañero para conmigo en el difícil y doloroso trayecto, un colaborador vivo y fraternal.....no antes. 

Ante la imposibilidad de poder mencionarlas a todas ellas, deseo expresarles desde estas líneas mi admiración y respeto, pero sobre todo mi más profunda gratitud.

Sin embargo, es necesario y es mi deseo hacer un reconocimiento a Dios y a cuatro maravillosas personas que han logrado que este sueño, haya sido posible.

Gracias; DIOS; por haber permitido que te encontrara, este encuentro le dio a mi vida su verdadero sentido.

Gracias; LETY; Mi querida y abnegada esposa,  involuntariamente  tuviste que vivir a mi lado mi doloroso y difícil proceso de conversión. Jamás lo hubiera logrado de no haber contado con tu apoyo.

Gracias; CELIA LETICIA, LILLY y LEONOR; mis adorables hijas: los ángeles por cuyo conducto Dios me mostró el verdadro sentido de la vida.