jueves, 28 de octubre de 2010

ÉRASE UNA VEZ

_________________________Los primeros años


Miguel nace al mundo y el mundo nace para él en la ciudad de México, D.F., el 20 de Febrero de 1946. Ese día advierte por vez primera que es un ser humano y que como tal está dotado de sentidos, de instintos y de alma. De sentidos porque el mundo al  cual ahora pertenece le ofrece un extraño, novedoso y multicolor panorama. Las pequeñas pupilas, a pesar del molesto proceso que implica el tener que adaptarse a la luz, le permiten visualizar sus primeras no muy claras impresiones. Sus oídos, aún sin poderlos identificar, le llevan a su mente extraños y meliodosos sonidos. Más tarde sabría que se encontraba en un quirófano y que aquellos sonidos no eran otra cosa que las voces del Doctor que había asistido a su madre en el alumbramiento, de la enfermera y la más importante, la voz de su mamacita; la cuál todavía con los efectos de la anestesia, lo saludaba y le daba amorosamente la bienvenida. Por vez primera su olfato le muestra una gama de olores que si bien no le son agradables y le molestan, los acepta, porque algo en su interior le dice que son parte de su nuevo mundo y que a partir de ese momento tendrá que empezar a reconocerlos. Su piel le comunica una agradable sensación. Lo están aseando con tal cuidado que podríamos decir, casi no extraña el seno materno. Más tarde, cuando su madre le de por vez primera de comer, se daría cuenta que también está dotado para reconocer los sabores. De instintos porque algo en su interior le advierte que en ese momento ya no cuenta con la seguridad que le brindaba el vientre materno y lo confirma cuando sin ninguna advertencia le dan una fuerte y sonora nalgada de tal manera que por vez primera conoce el dolor y sabe que puede llorar y que es capaz de generar sonidos: su llanto que demanda protección llena el espacio del quirófano. Sin embargo, algo lo llena de alegría. Está respirando, sus pulmones se han expandido y llenado de aire, el aliento de vida se ha manifestado en plenitud en su propia existencia. Miguel ha nacido al mundo. En Miguel se ha cumplido el designio del Dios Creador. Es el  fruto del amor que sus padres se juraron ante el altar aquel 9 de Mayo de 1945, cuando en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, contrajeron matrimonio y ante Dios unieron sus vidas para siempre.

El momento para Miguel es importante. Las sorpresas se acumulan una a otra con tal velocidad que le es casi imposible asimilarlas. Ignora que le faltaba todavía lo más importante: conocer a sus padres. Aquellos seres que sin tomarlo en cuenta le habían dado la existencia. Aquella pareja que con tanta ilusión lo estaba esperando. Aquellos padres que sin conocerlo lo habían deseado y sobre todo, que lo amaban entrañablemente desde el momento en que meses atrás, la medicina les había confirmado lo que la sintomatología les había anunciado. El encuentro fue por demás bellísimo. Su madre, que por cierto se llama Lilly, lo colmó de besos y en un cuadro digno del mejor de los pintores se fundieron en un abrazo que significaría para Miguel, -sin importar que su memoria no tenga ese registro -, el momento más inolvidable de su vida. Su padre, Ingeniero de profesión y a quien le debe llamarse Miguel, ya que ese es también su nombre, lo conoció a través de una vitrina, -a través de esas tiernas e infranqueables murallas transparentes que separan a los recién nacidos del resto del mundo y que en toda sección de cuna existen en los hospitales-, pero que paradójicamente pareciera que no existieran ya que el encuentro es de tal manera tan íntimo, que años después su padre le platicaría a Miguel lo indescriptible, -espiritualmente hablando-, que le resultó la experiencia. Esto me consta porque cuando nació la tercera de mis hijas y que también la conocí a través de un cristal, no tuve necesidad de que me la señalaran para reconocerla y algo en mi interior me dice que ella tampoco, porque aún recuerdo a sus ojazos mirándome con la ternura que sólo un hijo puede expresarle a su padre.

Volviendo a aquellas primeras experiencias, Llegó el momento de comer. Para Miguel debió ser increíble. Por vez primera se alimentaría de una manera que le exigiría su primer esfuerzo personal ya que tendría que succionar del pecho de su madre. Hasta momentos antes, ella le dio la vida en su vientre. Se alimentó a través del cordón umbilical. Ahora sabría que –como mencioné anteriormente- también es capaz de distinguir los sabores. ¡Que experiencia! Su madre lo seguiría alimentando pero esta vez a través de sus senos maternos que se le habían desarrollado con ese propósito. No me cabe la menor duda de que la madre es verdaderamente el santuario de la vida.

Así inició Miguel la experiencia del existir. No se imaginaba todo lo que le deparaba el destino pero si sabía que estaba vivo. Eso era más que suficiente.

Años más tarde estos recuerdos y otros más, le darían la pauta para reconocer la diferencia entre los dos sentimientos que de alguna manera gobernaron su vida: los sentimientos que provienen de los halagos y reconocimientos del mundo y aquellos que tienen su fundamento en la propia realización. Los sentimientos que sintió cuando tuvo poder, cuando siendo el jefe  la gente lo respetaba y acataba sus órdenes, cuando era una persona popular y admirada y, los sentimientos de intimidad y compañerismo, que proporcionan la verdadera felicidad.

Su estancia de tres días en aquel vetusto hospital de la calle de José María Iglesias Nº 22, le fue de lo más placentera. Las enfermeras, cuenta su madre, atraídas por su barba partida le prodigaron toda su atención, y los familiares y amigos que lo visitaron para conocerlo lo colmaron de obsequios: sus primeros guantes de box y su primera medallita, ambos obsequios de su papá, su primera chambrita, su primera sonaja, su primera camisita, su primer trajecito, zapatitos y su primer álbum, en el que está, todavía a pesar de tantos años, su primera fotografía que le tomó su tío y que meses más tarde sería su padrino de confirmación. ¿Que más se le podía pedir a la vida?

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