En un momento de mi existencia, la paz, en términos generales, representó para mí un estado de ánimo que ansiaba desesperadamente, no sabía cómo resolver el conflicto que me generaba el hecho de estar en desacuerdo con todos aquellos que por costumbre me señalaban mi incorrecta manera de pensar, actuar y de vivir. Miguel, era de las personas con las que no se podía discutir porque no aceptaba nada que se opusiera a sus propios juicios. No se daba cuenta que lo que quería escuchar era una validación de sus conceptos, no otra cosa. Ignoraba que al pretender el dominio sobre los demás se alejaba de la posibilidad de realizar gestos valientes de paz y de concordia.
Cuanta verdad existe en las bienaventuranzas que nos indican el diálogo como aceptación del otro y, consecuentemente como contestación y réplica al prepotente, al violento, al opresor.
Recuerdo con cuanta dificultad se fue realizando el cambio, me di cuenta que lo primero que tendría que hacer, era detenerme en el discurso y pensar un poco en algunos cuestionamientos que debería hacerme: ¿Soy capaz de dar los pasos necesarios para avanzar con acciones concretas, progresivas, por la vía de la paz? ¿Seré capaz de verdad de esta coherencia? Obviamente que el desafío era inmenso, pero necesario.
Así fue, como por vez primera en muchos años tomé una decisión cuerda y sensata que me permitió salvar mi vida y reintegrarme a la sociedad a la cual años atrás había despreciado.
Hoy recuerdo aquellos días, fueron difíciles, por no decir incómodos y verdaderamente molestos. A mucha distancia en el tiempo ubico el momento en el que plenamente convencido, habiendo dejado de luchar conmigo mismo, con los demás y con Dios, reconocería que necesitaba ayuda para rescatarme a si mismo del fondo al que mi propia existencia había descendido y del que sólo, con mis minados recursos espirituales jamás saldría.
Tengo muy presente una reflexión de San Juan Crisóstomo y otra de San Agustín y que en su momento iluminaron mi proceso de conversión:
“El hombre cuando se aleja de Dios, vive de sus reservas espirituales, cuando estas se agotan, termina viviendo de la mentira”.
“Aquel que te creó sin ti, no te podrá salvar sin ti”
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